Solarig

Inteligencia artificial · Cambio climático

IA y cambio climático: ¿aliada energética o nueva presión para la red?

María Luisa Castaño
Artículo de opinión María Luisa Castaño Consejera Científica y Asesora en Innovación y Sostenibilidad del CIEMAT

Con motivo del Día Internacional contra la Lucha frente al Cambio Climático, la inteligencia artificial (IA) se posiciona como una herramienta clave para observar, anticipar y actuar frente a procesos ambientales complejos. Gracias al análisis de imágenes de satélite, datos meteorológicos, sensores y registros históricos, hoy es posible detectar alteraciones en los ecosistemas, localizar fuentes de emisiones, predecir fenómenos extremos y orientar con mayor precisión las medidas de mitigación y adaptación.

Uno de los pilares fundamentales para la mitigación del cambio climático es la evolución hacia un sistema energético libre de emisiones de CO₂. En este ámbito, la IA ya se emplea de forma activa para optimizar la gestión de los activos energéticos.

Por ejemplo, mediante el análisis de series de sensores, imágenes térmicas y variables meteorológicas, los algoritmos de aprendizaje automático detectan con antelación la degradación en módulos solares, vibraciones anómalas en aerogeneradores o puntos calientes en subestaciones.

Esto permite pasar de un mantenimiento correctivo a uno predictivo, reduciendo tiempos de parada y prolongando la vida útil de las instalaciones. A nivel de operación de redes, sus aplicaciones son múltiples: mejora la previsión de generación eólica y solar, optimiza los ciclos de carga y descarga de baterías, reduce las pérdidas técnicas y ayuda a gestionar la demanda en tiempo real.

La otra cara de la moneda: el desafío de la demanda

Sin embargo, la misma tecnología que ayuda a optimizar el sistema energético y acelera su transición introduce una nueva demanda eléctrica concentrada y de rápido crecimiento.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh (teravatios hora) en 2024 (aproximadamente el 1,5 % de la electricidad mundial), y se prevé que esta cifra supere los 945 TWh hacia 2030, cerca del 3 % del total mundial, impulsados en gran medida por la IA.

415 TWh Consumo eléctrico mundial de los centros de datos en 2024.
945 TWh Consumo eléctrico previsto para 2030, según la AIE.
~3 % Porcentaje estimado de la electricidad mundial que consumirán en 2030.

Aunque a escala global este porcentaje pueda parecer reducido, su verdadero impacto radica en la territorialización: cuando estas instalaciones se localizan en enclaves concretos, su demanda se concentra de forma masiva.

Un solo centro de datos puede exigir potencias equivalentes a las de ciudades medianas en plazos extremadamente cortos, lo que puede tensionar de manera crítica las subestaciones, las redes de distribución locales y los planes de desarrollo territorial.

La paradoja es evidente: una tecnología capaz de reducir pérdidas y mejorar la eficiencia puede actuar, al mismo tiempo, como una carga inflexible que obligue a redimensionar las infraestructuras físicas.

No es lo mismo un centro de datos capaz de desplazar ciertos procesos a horas de alta generación renovable que uno con un consumo constante, incluso durante las horas punta o periodos de baja intensidad de carbono.

¿Se integrará la IA como un activo flexible que contribuya a la estabilidad del sistema, o se añadirá como una demanda rígida que condicione la planificación energética del territorio?

Cuatro criterios para medir su valor climático

La cuestión de fondo no es si la IA consume energía, sino si su contribución neta resulta positiva y cómo condiciona la planificación de los recursos.

Su relación con el sector eléctrico es de doble sentido: necesita electricidad para funcionar, pero también ayuda a producirla, distribuirla y consumirla de forma más inteligente. El balance climático real dependerá de que las emisiones y recursos que ahorre superen a los que consume.

De cara al futuro, el valor climático de la IA no debe medirse solo por sus expectativas, sino por lo que es capaz de evitar: emisiones, pérdidas de energía, averías e infraestructuras fósiles innecesarias. Para ello, debemos exigirle cuatro criterios fundamentales:

01

Balance neto de emisiones

Positivo y contrastado.

02

Capacidad de optimización

Reducir pérdidas y alargar la vida útil de los activos.

03

Flexibilidad operativa

Adaptabilidad al estado de la red eléctrica.

04

Transparencia radical

Sobre su consumo energético, ubicación geográfica y procedencia de la electricidad.

Bien diseñada e integrada, la IA puede ser una palanca decisiva de eficiencia y resiliencia; mal planificada, se convertirá en una nueva presión sobre el mismo sistema que pretende descarbonizar.

Fuente: Agencia Internacional de la Energía (AIE). Energy demand from AI – Energy and AI .